UNA EXPERIENCIA DE SANTIDAD

Testimonio del Hno. Rafael Santillán Rodríguez, msp
(Mexicano)

“Una experiencia de santidad”, es así como podría llamar la maravillosa experiencia que me ha ofrecido el Movimiento de los Misioneros Siervos de los Pobres: las gracias abundantes, la paz y la alegría que ahora llenan mi vida.

Me vienen a la mente aquellas palabras que nos dijo un sacerdote de nuestro Movimiento, en uno de los retiros que cada mes vivimos: «Si creen o piensan que han venido aquí para servir a los pobres, o a descubrir su vocación, están equivocados; pues, a lo que han venido es a algo muy grande: a ser santos».
Estas palabras, sin lugar a dudas, dieron la respuesta al interrogante que surgía en mi interior: “¿A qué he venido?”. Yo sentía, desde el principio de mi experiencia, algo muy diferente: no había venido sólo a servir; y, aunque me cuestionaba si éste era mi camino, me daba cuenta de que había algo mucho más profundo en esta vivencia. No era por cualquier cosa que me había atrevido a dejar mi país y el Seminario donde estaba estudiando.
Antes de venir al Perú, surgieron en mí muchas dudas y miedos; pues, aunque desde los 14 años había salido de mi pueblo natal, en Michoacán (México), para ir a dar mis primeros pasos en el Seminario, esto significaba un desprendimiento mayor. Ciertamente no estaba seguro de que podría aguantar la lejanía de mi gente y de mi país.
Y, ¿miedo a qué? Miedo a las incomodidades, a enfrentarme a otra realidad y a otras costumbres. Esto, entre otras cosas, era lo que me detenía para dar un sí al Señor que me invitaba a seguirle sin condiciones. El Espíritu Santo, por medio de mis formadores del Seminario en mi país y de uno de los padres del Movimiento me orientaron. Éste último fue quién me dijo: «No hay por qué temer, pues si el Señor te necesita en la misión, él te dará los medios necesarios para superar lo que tú crees que te impide estar allá… Pero, ten mucho cuidado: ora muchísimo, pues el demonio comenzará a actuar de diferentes maneras para desanimarte». Así que hice caso a su sabio consejo e intensifiqué mi oración. A diario me preguntaba si realizaría esa locura que tal vez sería como una “llamarada de paja”. Mi sorpresa fue que el temor, en vez de disminuir, iba aumentando, mientras surgían más conflictos.
A mi mamá le costó mucho aceptar, cuando le confié mi inquietud de ser misionero en el Perú. Ella no comprendía: ¿por qué ese cambio tan radical, si su hijo estaba a solo un año de terminar la Filosofía en el Seminario? Hasta me pidió que abandonara por un tiempo todo aquello que tuviera que ver con mi vocación, para que, como decía ella, “discerniera bien”. Creo que su reacción no era debida a que pensara que yo dudaba de mi vocación sacerdotal, sino que ella no quería que su hijo se le fuera más lejos. El verla sufrir tanto y repetirme constantemente: «¿De verdad te atreverás a abandonar a tu madre?», me causaban un dolor grandísimo. Éstas y otras dificultades iban en aumento.
A pesar de todo esto, dije: “Me voy. En fin de cuentas, si no estoy a gusto me regreso, y ya...”. Hablé con mis superiores del Seminario, exponiéndoles mi decisión, y con mucha insistencia pedí que se me dejaran abiertas las puertas, pues pensaba que en menos de un mes estaría regresando a mi patria. Sucedió pues que, tal y como lo había pensado, en los primeros meses ya quería regresar, aunque con nadie hablaba de lo mucho que sufría interiormente, comenzando por la comida, el clima, los días de ayuno, el silencio... Además, sinceramente, la casa en la que estábamos no me inspiraba la espiritualidad que yo me imaginaba, por el ruido de la ciudad, el bullicio de los niños, etc. En fin, muchas eran las cosas que me costaba trabajo asimilar.
Por ejemplo, el no tener dinero en mis bolsillos, lo que es signo de desprendimiento de los bienes terrenales y de pobreza, y no poder comprar lo que a mí me placiera; y el que no pudiera tomar el teléfono a la hora que se me viniera en gana y llamar a mi familia (además de que el correo aéreo se demoraba mucho) eran cosas que tenía que vencer para dejar que Dios modelara mi vocación misionera.
Yo sabía un poquito de todo esto, ¡y aun así me había atrevido a venir! Mi único pensamiento era: «Bueno, tengo que aguantarme, pues yo quise esto... Ahora ¡ni modo!». Y, entre tanto aguantar y aguantar, comencé a darme cuenta de que no era o no debía ser un aguantar, sino un dar una respuesta con entrega, un negar mi voluntad para entregarme totalmente a los pobres, a los niños: en una palabra, tenía que crucificarme con Cristo; no hacer mis caprichos, mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me llamaba a labor tan grande. Entonces comprendí el por qué de tantas cruces colgadas en las paredes de nuestras Casas: allí estaba mi lugar, para extender los brazos con amor.
He podido asimilar, por gracia de Dios, todo aquello que me costaba: la vocación es un camino exigente, pero ese camino se va haciendo ligero teniendo siempre presente a Dios en nuestras vidas. La labor que realizo es difícil, fatigosa y muy delicada, pues no es fácil ser santo y llevar a otros a serlo. Pienso que el primer paso que se da para ello es la abnegación, para darse totalmente a Dios, y luego, con Él, darte a los pobres, a los necesitados, a los huérfanos. Así que el dejar mi país, mi familia y tantas otras cosas, se convierte en una ofrenda de amor. Es más: tú no dejas nada, y lo ganas todo.
Muchos se preguntarán por qué me voy tan lejos, habiendo tantos pobres y tanta necesidad cerca de mi. La respuesta no es fácil, puesto que la vocación siempre es un misterio, un misterio en el que Dios es el único que tiene la respuesta. Sólo puedo decir que es en las cosas ordinarias y simples donde Dios muestra el camino, muestra la ruta que uno debe seguir.
Sucede como con los enamorados: se atraen tanto, se aman tanto y están tan enamorados que no les importa la lejanía y buscan la manera de estar juntos a pesar de todo. Pues bien, así yo, soy un enamorado de mi vocación, y por ello no me importa hasta dónde tenga que ir con tal de saciar la sed de los que el Señor ha puesto en mi camino, de los más pobres; y de saciar la mía, porque también yo estoy sediento de Dios. Pues al verdadero amor no le importa incluso perder la propia vida.
Alguien podría alegarme: “Déjate de cosas y pon los pies sobre la tierra: ¿cómo es posible que ayudes a tu país, si tu labor no se desarrolla allí?”. Pues tengan sabido que es más eficaz mi ayuda que si estuviera allá, pues cuando se obedece a Dios y se sigue su llamada, Él es quien suple y con creces lo que yo, pobre pecador, no podría hacer estando allí.
Ser misionero no es fácil: estamos llamados a continuar la misma misión de Jesús, y por ello es imprescindible una vida de profunda oración y de devoción a la Virgen María. Aquí la tengo, por la hora diaria de Adoración ante Jesús Sacramentado y por el Rosario, arma poderosísima contra las tentaciones. Todo esto va haciendo que el misionero experimente en carne propia y comprenda las palabras de Jesús: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 30). Pues, aunque el yugo no deja de ser yugo, no es imposible llevarlo, porque el Señor sabe de qué barro estamos hechos y nos dará lo necesario para perseverar. Después de un año de experiencia misionera en Cuzco, el Señor me ha mostrado que mi camino es continuar con mi formación hacia el sacerdocio en nuestro Seminario de Ajofrín y así poder llevar la presencia de Cristo a los pobres.

Quiero terminar con las palabras de un mártir misionero del siglo pasado, en África. Su vida siempre me ha impresionado, por su entrega hasta el final. Aun con temores, dificultades y tentaciones del maligno -incluso alguna vez sintió ganas de regresar a su país, para estar con sus padres y los suyos-. Aun teniendo la oportunidad de regresar sin problema alguno, por obediencia y docilidad al Señor decidió quedarse y dar la vida por los pobres, los necesitados, los amados del Señor. Estas palabras quisiera hacerlas mías: Hay algo aún más fuerte que me retiene aquí y me hace decidir así mi vida. No es masoquismo, sino una fuerza que me lleva tras de Jesús por el camino de la cruz hacia un amor infinitamente grande y hacia un horizonte infinito”.

Hno. Rafael Santillán Rodríguez, msp